Indio Solari. ¡Gracias!
- Pablito Bromo

- Jun 5
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La primera vez que escuché a Indio Solari fue en una fiesta argenta donde la mayoría coreaba “No lo soñé yeh” al ritmo del fernet con coca, mate y empanadas. Pasa que los argentinos tienen un gran quilombo (fascinación) por sus cosas, las propias, no las ajenas. Toda su música lo confirma: Gardel, Piazzolla, Cerati, Pappo, Spinetta, Charly, Fito, Luca, Moura, Andrés, Dárgelos, Sosa, Sandro, Atahualpa y la lista continúa.
Los Redonditos de Ricota y los Fundamentalistas del A.C. también son bandas muy propias y vitales argentinas; enraizadas a la poesía popular y a la jerga de la juerga cotidiana con himnos de fuego que suspiran ternura en medio de una danza tempestuosa, voraz y nocturna.
Solari: más que cantante, poeta. Más que rockstar, gurú. Más que héroe, chamán de una tribu sedienta y honesta.
Sus canciones fueron una respuesta dulce y un abrazo hermano que cala en tiempos duros. Como hoy, que llueve y es un viernes triste. Un día que no se olvida y entreteje agujeros en el fondo del abismo que tiene el rostro de la muerte y es todos los abismos al mismo tiempo como en un cuento borgeano.
Una muerte a la que Carlos Alberto Solari nombró con cautela y saña, con estupor y risas. Una muerte que exige verdades trascendentales como trascendió Solari entre un centenar de músicos brillantes y una decena de genios en el mundo.
Su carisma fue hablar desde lo marginal siendo sincero. Siendo poeta. Siendo líder. Eso, en estos tiempos veloces y nefastos, donde todo es reemplazable y fácil de olvidar me parece sagrado.
Buen viaje, maestro. Gracias por el viaje.




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